Ante la muerte que todo lo iguala
y ante su mano fatal, infinita,
Buda se muestra tranquilo y medita
bajo la sombra del árbol de Sala.
Dicen que al árbol sagrado, el dolor
tiñe su savia de pura tristeza.
Blanca se ha vuelto su piel de corteza,
blancas las ramas y blanca la flor.
Tiempo, no pases, detente un segundo.
Muere Siddarta y no hay miedo en sus gestos.
Deja en la tierra sus lánguidos restos;
nada le impide marcharse del mundo.
Aunque parece llegado el final,
tanto que el mismo Himalaya le llora,
aunque a la carne le llegue su hora,
¡Buda no muere, se ha vuelto inmortal!
Mi deuda es tan profunda y tan sincera
con todo el ser humano, compañero,
que quiero descargarte tu dinero
y así poder saldarla como quiera.
No existe la ocasión ni la manera
que puedas esconder el monedero.
Recuerda, puedo hacerte prisionero
si guardas en tu arcón la billetera.
Qué grande es mi dolor, qué gran castigo,
por mucho que devore tu fortuna
mi deuda se acrecienta cada día.
Por suerte, nunca falta el buen amigo
que piensa que podré lograr la luna
si vota mi elección con alegría.
La vieja bailarina atada a la ventana
que por el día llora y por la noche grita,
antaño inquebrantable, hoy simple flor marchita
de manos temblorosas y cabellera cana.
Acaso la demencia ha vuelto más humana
a aquella seductora de pechos de Afrodita,
mirada venenosa de verde malaquita,
de corazón de mármol y piel de porcelana.
Los años han pasado, llevando en su torrente
recuerdos, ilusiones, orgullo y entereza.
El tiempo es un raudal que todo lo trastoca.
La herida más profunda le desgarró la mente.
Hoy chilla sin motivo y ríe de tristeza,
hundida en sus memorias, aquella vieja loca.
Cruzó la puerta, la maldita puerta,
con decisión, como si fuera bueno.
La oscuridad la reclamó en su seno,
como reclama toda vida muerta.
Mas no se fue sin advertirnos nada.
Nos lo avisó, ¿no entiendes su lenguaje?
Cada poema se volvió mensaje,
y, en cada verso, desnudó la espada.
Desde la fragua del dolor interno
pintó con sangre su canción final.
No la detuvo ni el temible umbral
que delimita el borde del infierno.
No te preguntes el porqué, despierta.
Entra en su mundo, siente cada herida.
Quizá consigas entender su vida
y a la maldita y seductora puerta.