Levántame la Gran Muralla china que la derrumbaré con mis cañones. Te atrapará la red de mis canciones como encerró a la mar la aguamarina. Mi verso (mi universo) te ilumina igual que el sol alumbra a lo infinito y cada nueva estrofa es como un grito tan dulce que parece ser un ruego, que soy de tempestad, desnudo y ciego, al mismo tiempo arcángel y maldito.
Recházame, se círculo polar, disolveré su hielo con mis besos y se derretirán también tus huesos hasta que ya no puedas respirar. Anhelo el desafío del glaciar. Mi lengua, convertida en una espada, susurra que eres bella y deseada, el templo de los dioses del placer, leona que desea ser mujer. ¿Te atreves? Soy volcán y soy la nada.
Se ha podrido la flor por exceso de riego. Exigiste que fuese una rosa de fuego y no estuvo a tu altura, era un simple jazmín. No aceptaste que fuera una planta pequeña porque vives enferma por un alma que sueña con el ramo perfecto de un perfecto jardín. Eres grande– decías– poderoso, brillante, te pareces a un árbol inmortal y gigante. Te advirtió ¿lo recuerdas?– ¡no es real, no es real! Al querer arrancarlo se murió en un segundo, no logró respirar en tu abrazo profundo. Le querías de mármol, pero fue de cristal. De haber sido paciente, qué terrible ironía, hoy sería distinto, él también te quería. Arruinaste el momento por quererle rehén. Todo tiene su ritmo, mas tu amor es torrente, no respeta los tiempos y jamás fue paciente. El te hubiera buscado, mas perdiste tu tren. Nada puedes hacer, el invierno regresa y reclama su parte como un ave de presa. Cada vez que te hieren pierdes fuego y salud. Vas manchada de sombra con su negro rocío y una capa de escarcha cubre el mundo de frío opresivo y helado como un viejo ataúd. ¿Cuántas otras han muerto, jardinera, en tu mano? Ojalá sus colores no marchiten en vano y descifres la lengua con que hablaba la flor; que te muestre la senda de amistad y ternura por un bosque secreto de profunda espesura donde encuentres un día, la verdad y el amor.